miércoles, 17 de febrero de 2016

Referencias Históricas de La Peña

El origen del pueblo nos es desconocido. Parece que pudo tener su origen   en la época   romana  o en  la alta Edad Media, en las primeras repoblaciones de Castilla, allá por el 950.  Algunos autores sostienen que podría tratarse de el "PENNA" que fundó Ramiro II de León,  entre el 931 y 951, que repobló la ribera del Tormes y rebasó la línea fronteriza del Duero.

La Peña se encontraba en el camino real proveniente de la calzada romana de la Vía de La Plata que salía de Salamanca, transcurría por Ledesma y Brincones  y llegaba hasta Aldeadávila.


“Mapa Histórico de la Provincia de Salamanca” del Padre Morán en su libro“ Reseña Histórico Artística de la Provincia de Salamanca”, que señala el trazado del ramal de La Vía de La Plata proveniente de Salamanca y que llega hasta Aldeadávila  pasando por  La Peña

En azul, el Camino Real que venía de Ledesma según el "Mapa Geográfico de Salamanca", de Tomás López, publicado en el año 1783.

A ese ramal de la Vía de La Plata se le llamaba  Camino Real  y, al cruzar por el pueblo, recibía el nombre  de Calle Real. Esta pasaba por la plaza y  por  la que hoy se llama calle de Santa Isabel, según consta en el original del Catastro del Marqués de la Ensenada de 1757.que se encuentra en el Ayuntamiento de La Peña.

El hecho de que el Humilladero (Santo Cristo) se hallara junto a ese Camino Real, demuestra la importancia que tenía esa vía de comunicación y lo transitada  que era y había sido desde siempre. Es sabido que los “peirones”, como se llaman en Valencia, “pedrones” en Cataluña y Aragón, “cruceiros en Galicia y “humilladeros” en Castilla, se construían en las confluencias o encrucijadas de los caminos más transitados, en un montículo o altozano, a las afueras de los pueblos.

Parece ser que el origen de los humilladeros se debe a las costumbres celtas de levantar santuarios a los dioses y diosas en las cercanías de los poblados y a los romanos, más tarde, que erigían también aras votivas ( altares) cerca de las vías más transitadas, donde ofrecían sacrificios a sus dioses. La Iglesia cristianizó  esas tradiciones paganas, levantando los “pedrones”, “Peirones”, “cruceiros” o “humilladeros”, dedicados a un cristo, a la virgen o a un santo protector del pueblo.

El testimonio escrito más antiguo que  conocemos hasta el presente y que cita a  La Peña, al hablar de la iglesia del pueblo, es de 1261, lo cual no quiere decir que el pueblo no existiera antes de esa fecha. Con toda seguridad,  La Peña formó parte,  desde el principio, de los 161 pueblos que en 1161, un siglo antes, entraron a formar parte del Alfoz de Ledesma.

En los alrededores de la “ Peña Grande” se han hallado restos de poblamientos anteriores a los romanos, de la época del Neolítico, sobre todo hachas de piedra, puntas de flecha, buriles, raederas y piedras de moler entre otros.

Los pequeños hoyos, que llamábamos escalones para ascender a la cima de la roca, no tenían sólo esa finalidad, pues muchos de ellos son innecesarios por estar situados en zonas poco escarpadas y de fácil acceso. Además, la distancia entre ellos, generalmente, es más corta que la de un paso normal y algunos están pareados; son en realidad una especie de cazoletas o piletas cuyo significado va más allá de servir sólo para la ascensión. 

Parecen tener, sobre todo, una finalidad religiosa relacionada con la observación de fenómenos celestes: periodos sistemáticos del tiempo climático, eclipses, estrellas fugaces, equinoccios, solsticios... Ellos no tenían calendarios ni relojes y, de alguna manera, tenían que fijar y transmitir el conocimiento de tales fenómenos. Todo ello, unido con las creencias en seres superiores, a quienes es preciso aplacar, y tener contentos mediante los sacrificios y las prácticas de ritos religiosos.

Así pues, servirían también como indicadoras del sendero que lleva a la cima donde se hallaba el santuario religioso, morada de los dioses y de los espíritus, y lugar en que se realizaban los sacrificios y se oficiaban los ritos sagrados.

Sin duda, como dice Francisco Benito Melado, "si la roca es chocante al hombre moderno, más misteriosa sería, sin duda, para una mentalidad primitiva, que debió considerarla como santuario religioso, lugar de reunión de tribus, quizá como taller neolítico surgido a la sombra de ese culto" (2007 en la prensa de Salamanca).

No sería descabellado pensar que aquellos hombre primitivos que rendían culto y hacían sacrificio a los relámpagos, a los truenos y otros fenómenos de la naturaleza, vieran como deidad suprema a esta Peña Gorda, impresionados por su majestuosidad.

Esa especie de cazoletas, o escalones, son de la época de los primeros asentamientos humanos, de hace unos 4 000 años a.C., igual que el pozo de la cima, cavado en la roca, que lo usarían en sus ritos de purificación y para recoger agua en caso de asedio por otras tribus.        

Hay que denunciar, como ya lo hizo en junio de 2007 Francisco Benito Melado (Paco, q. e. p. d.),  en un artículo del periódico local de Salamanca, la desfachatez que han tenido algunos  desaprensivos, “escaladores de pacotilla”, de colocar alcayatas a lo largo de la subida natural,  por encima del Ceño Chico y en otros sitios,  para hacer más cómoda la  ascensión, sin importarles el daño causado a la roca y al buen gusto.

Las autoridades deberán vigilar que tales desafueros no se repitan y hacer reparar el daño a los causantes.



Ceño Chico y subida a la roca. Oculta por la encina, hay una pequeña repisa, a cinco o seis metros de altura, por donde se inicia la ascensión a la roca. Está marcada la subida con pequeños hoyos o cazoletas a modo de escalones, hechos en la época del neolítico, unos 4 000 ó más años a.C.


La Peña Gorda siempre se respetó y disfrutó  en su estado natural durante  generaciones y generaciones, tanto del pueblo como de fuera, sin que se tenga noticia de accidente alguno, y así queremos que se conserve en el  futuro. 

Esta inmensa roca sirvió, además de como santuario religioso, de taller neolítico y de refugio natural durante miles de años a los hombres primitivos contra las inclemencias del tiempo, al abrigo  de las ventiscas frías del norte en la cara sur, de defensa de las fieras y de los ataques de otras tribus enemigas, ascendiendo a lo alto de la peña, si era necesario, o a sus estribaciones del Ceño Chico o del Ceño Grande.



Ceño Grande. A unos 12 metros de altura, en la cara sureste de la Peña Gorda, al abrigo de  los vientos del norte,  se encuentra el Ceño Grande, una oquedad en la roca de más de 100 m2, de fácil acceso, donde se refugiarían los hombres primitivos de las fieras y de las inclemencias del tiempo

Desde lo más alto podían también acechar a larga distancia el desplazamiento de los animales salvajes que les servían de caza  como los uros, caballos, ciervos, manadas de bisontes, etc.  y  controlar a otras tribus enemigas que querrían apoderarse de su fortín.

Reunidos a los atardeceres, bajo su cobijo y protección, junto a la hoguera, entonarían cantos de agradecimiento y danzarían alrededor del fuego sagrado, percutiendo sus tambores a modo de tamboriles, invocando la protección de sus dioses familiares para que les fuera favorable la caza del día siguiente, a la vez que les agradecían los éxitos conseguidos.

Allí celebrarían también los ritos sagrados de iniciación a la vida, matrimonios y de despedida de sus difuntos; contarían y celebrarían sus hazañas guerreras y de caza, prepararían utensilios caseros o armas los hombres, las mujeres molerían el grano y las bellotas, coserían las pieles para vestir... mientras los niños, desde el regazo de sus madres, iban aprendiendo de sus mayores los conocimientos necesarios hasta hacerse adultos y que los transmitirían a su vez a los descendientes.

Así, durante muchos miles de años, treinta, quince, diez... mientras el hombre fue nómada, yendo detrás de la caza, y aún después cuando se hizo sedentario y aprendió a cultivar la tierra, a construir casas más duraderas y a domesticar animales, unos 4 000 años a.C.

Lo que muchos siglos antes había sido un asentamiento temporal de tribus nómadas en busca de caza, en el Paleolítico, se convirtió en asentamiento prolongado de otras tribus, ya en el Neolítico, trabajando sus propios cultivos y criando su propio ganado, sin renunciar por ello al ejercicio de la caza, la pesca y recogida de frutos silvestres, como la bellota, que tanto abunda en las cercanías, a la que molían para hacer pan (4).

Allá por el siglo VIII a.C. aparecieron unos hombre nómadas, indoeuropeos, provenientes del centro de Europa y se establecieron en gran parte de la Península, sobre todo en la mitad norte, con costumbres, religión y dioses distintos, los celtas, que convivieron muchos años con los primitivos habitantes y terminaron por fundirse en un solo pueblo.
Cara sureste de la roca que forma un abrigo natural de los aires del norte, donde las niñas y niños comían el hornazo el día de Pascua

Los Vaceos y los Vetones eran dos tribus celtas; los primeros, más fuertes, se asentaron en la zona norte del Tormes y se dedicaron sobre todo a la agricultura, y los Vetones, ganaderos, en la zona sur.

De los Vetones nos queda la cultura de los castros, (fortalezas) como el de Yecla, Las Uces, Pereña, etc. de los verracos, en Masueco, Lumbrales,… y de los enterramientos colectivos en  túmulos, dólmenes de Zafrón, Lumbrales,…de los  Menhires  en Ledesma, Lumbrales...

Tenían unas cuarenta divinidades y, a partir de la conquista por Roma, allá por el 154 a. C., fueron adoptando dioses romanos. Una vez conquistados, los Vetones siguieron manteniendo su personalidad hasta los siglos II y III de la era cristiana.

Más tarde, en el siglo II a. C., aparecieron los romanos, con una lengua  y religión distintas,  y una cultura, organización social y militar muy superiores a la suya, transigentes con sus costumbres y creencias, de los que aprendieron nuevas formas  de convivencia, de arar y cultivar la tierra y, sobre todo, la lectura y escritura.

Otro pueblo posterior, los suevos, que se asentaron en Galicia en el 411, siglo V de nuestra era, con capital en Braga, hizo su aparición  a modo de correrías esporádicas por estas tierras. Era un  pueblo guerrero, violento y tirano que, para robar, hizo prisioneros, mató, ocupó y saqueó a temporadas la zona, llegando a la destrucción casi total de Ledesma y de otros centros urbanos de la región, y que se enfrentó varias veces a  los visigodos, hasta que fueron vencidos y sometidos definitivamente por éstos.

Finalmente, con la caída del reino visigodo a manos de los árabes el, año 711, éstos se adueñaron de la Península, estableciéndose en ella hasta ser desalojados progresivamente por los reyes de León,  hacia el año 900, de la zona del Duero, culminando su expulsión de la Península los Reyes Católicos, Isabel y Fernando, en 1492.

La zona de la meseta oeste del Duero, sin embargo, siempre estuvo poco poblada, con pequeños y espaciados asentamientos y grandes extensiones valdías, hasta su repoblación por los reyes de León.

En la roca, arriba, se ve   una pequeña zona  labrada  para formar una especie de cimientos. La tradición popular dice que son los cimientos de una ermita que los lugareños pensaron construir en tiempos muy lejanos y se quedó en el intento.

El P. Morán afirma que probablemente son restos de un templo anterior al cristianismo(5).

En los alrededores de La Peña Grande, como se ha dicho antes, se han encontrado restos prehistóricos de asentamientos humanos primitivos, prolongados en el tiempo.

También se han encontrado  restos prehistóricos en otras partes del término, como en el  Madroñal, cerca de la Peña Madroñera, y en la Hoja  de Arriba.

Herramientas de piedra talladas, del neolítico, halladas en el término de la La Peña

En  la Hoja de Arriba, en el otoño de 2012, Jesús Pérez, vecino del lugar, encontró  algunas hachas, punzones y piedras pulimentadas junto con algunos cantos rodados, indicios de otro asentamiento primitivo.

Lo de los cantos rodados llama la atención porque en esa zona no pasa ningún río ni rivera, lo que  indica que esos cantos fueron transportados hasta allí  y los utilizarían en las faenas  domésticas o como armas arrojadizas .para la caza o autodefensa.

Los lugareños antiguamente llamaban a las hachas y herramientas de piedra tallada  que encontraban en el campo “piedras del rayo”. Creían que eran las puntas de los rayos que hendían los árboles o se incrustaban en la tierra los días de tormenta.
El Horno del Madroñal. Es un remanso natural o  cueva poco profunda,  formada por peñas de granito, que sirvió  a nuestros  antecesores como refugio ante las inclemencias del tiempo. En sus cercanías se han hallado hachas de piedra

Tanto  en la “Peña Gorda”,  en el Horno del Madroñal,  en las hojas   de Abajo y  del Mestro, sobre todo, como en los términos colindantes de la Vídola , La Cabeza, Pereña 
Masueco  encontraban  nuestros primitivos antecesores  refugios naturales al abrigo de las peñas, junto a los regatos, ríos y riveras, agua y caza abundantes para vivir. Por eso no es de extrañar que cerca del Pozo los Humos, en Pereña, se hayan encontrado algunas pinturas rupestres y que bien pudieran encontrarse otras en lo sucesivo, o  restos de otros asentamientos.

En  julio de 2012, cerca de las rocas del Horno del Madroñal y de la Peña Madroñera, María Isabel Vicente Santos  descubrió en   dos peñas a  ras del suelo,  orientadas hacia el Oeste, unas rayas grabadas, iguales o muy semejantes.

Estas  rayas  son de unos dos centímetros de profundidad, ocho de ancho y metro y medio de largo, aproximadamente. Están en sentido oblicuo, en dirección al suelo, siguiendo la inclinación de las peñas;  son paralelas entre sí, de arriba hacia abajo, de igual  anchura,  y la distancia entre ellas es de  diez centímetros. Las rayas de las dos peñas son iguales en la forma  y orientación, En una peña hay  ocho o nueve  y en la otra doce o trece. Algunas están muy desgastadas por la erosión.

Rayas grabadas en una roca arenisca. En ésta peña hay ocho o nueve rayas

Esta peña tiene unas trece rayas muy deterioradas por ser  arenisca. Están Orientadas  hacia el poniente

Se puede apreciar que no parece un fenómeno natural o capricho de la naturaleza, sino que están hechas con intencionalidad por el hombre. Se conservan en bastante buen estado, aunque en algunas se nota  más la erosión producida por el tiempo y  por las pisadas del ganado, al ser una zona de fácil acceso, y cubiertas con musgo.

Teniendo en cuenta que en las cercanías se han encontrado algunas hachas del neolítico, hace pensar que estas rayas se puedan  remontar hasta esos tiempos, y que podrían tener un valor simbólico de carácter ritual, sacrificial o estar relacionadas con el ejercicio de la caza. Por ello, puede ser  descartable  que sean producto de la erosión natural.

  Figura en forma de arco grabada en la roca en las cercanías del  Picón

Muy recientemente, en julio de 2014, Manuel Casado, vecino de La Peña, tuvo a bien enseñarnos una figura grabada en piedra, en forma de lo que pudiera ser un arco, en las cercanías del Picón. 

Y no lejos de allí también, María Isabel Vicente, vecina de La Peña y de Orense, encontró otra figura, también grabada en piedra, que parece representar  un  oso u otro animal. Por las semejanzas con las figuras del poblado vetón de Yecla y otros castros, bien pudiera tratarse de petroglifos de la época del Neolítico, aunque habrá que confirmarlo.

Figura grabada en una piedra que parece indicar un oso u otro animal grande
Llama la atención el hecho de que  estas figuras no se encuentren grabadas sólo en rocas grandes, sino también en piedras sueltas, de mediano tamaño, como en el castro de Yecla, algunas relativamente fáciles de transportar. ¿Las grababan  para colocarlas  en las paredes de sus chozas? Lo más probable es que las utilizaran a modo de amuletos, como poderes superiores contra los malos espíritus o talismanes que los defendieran de sus enemigos y para atraer la suerte.

Sea el que fuere su significado, lo cierto es  que se encuentran en abundancia  en algunos asentamientos primitivos. En el de Yecla, por ejemplo, se encuentran diseminadas a lo largo de las murallas del castro. También se han encontrado  varias de estas piedras con figuras en Sobradillo.

Cerca de estas figuras halladas entre el Picón y Campomediano, en noviembre de 2014, María Isabel Vicente Santos, Maricarmen Cantó, de La Coruña, y Manuel Casado Melado, de La Peña, descubrieron  unas rayas verticales y horizontales grabadas en una peña, formando figuras geométricas que denotan una intencionalidad desconocida para nosotros, como también nos resulta desconocida la  datación de su inscripción.

Creemos que pueden ser de la época de las rayas halladas en el Madroñal, aunque la única semejanza entre ellas es que están orientadas hacia el oeste y éstas forman una serie de figuras geométricas.

Desde luego, lo que sí está  claro es que no se trata de hendiduras en la roca a consecuencia de fenómenos naturales de erosión por el agua, el viento, el hielo o de cualquier otro fenómeno, sino que se aprecia que están grabadas por la mano del hombre. ¿Qué nos quieren transmitir? El conocimiento de su intencionalidad  permanece en el oscuro mundo del misterio y no será fácil desvelarlo.

A unos metros de distancia, en otra peña, se encuentran también dos cazoletas medianas o piletas. Una de ellas, sobre todo,  está  realizada con tal perfección que parece  la hubiera hecho una mano maestra. Hoy se sabe que muchas de esas cazoletas, naturales o no, las utilizaban los hombres primitivos con  finalidades  rituales y otras veces para moler granos y bellotas o extraer líquidos de algunos frutos o simplemente para recoger agua.

Rayas grabadas en una roca entre El Picón y Campomediano

La toponimia  para  nombrar una zona del término con el nombre de Piedra Jincá (vulgarismo de Piedra Hincada) indica que hace mucho tiempo debió  existir una piedra o piedras grandes, hincadas en el suelo, que llamarían la atención, y que debió ser una referencia conocida por todos  para dar nombre a esa parte del término.

 Que se tratara de  una peña parece improbable, pues por allí  no hay ninguna que diera la impresión de estar clavada en el suelo, y las pocas que hay apenas sobresalen  unos palmos. Más bien sería, seguramente, una especie de “hincón”, como llaman por allí a las piedras grandes y largas, clavadas verticalmente en la superficie, y que debía ser especialmente llamativa.

Por averiguaciones hechas en el lugar, hoy no queda rastro ni señal de tal piedra o piedras, aunque no tiene nada de especial,  dado que pudieron romperlas para cercar alguna de las fincas más próximas al lugar.

¿Sería algún menhir o algún dolmen?  Nada tendría de extraño que así fuera, teniendo en cuenta el desconocimiento por las personas de los pueblos de tales monumentos megalíticos de hace unos diez mil años,  lo que ha hecho que muchos hayan sido  destruidos por ignorancia, como ha sucedido en algunos   pueblos de la comarca.

No es infrecuente que  en nuestra provincia hayan llegado a formar parte de algunas  paredes  de cortinas, corrales, viviendas o formando montones de piedra. De hecho, los  que se conservan en esta región, han sufrido graves deterioros, reutilizando sus materiales en construcciones diversas. Así ha sucedido, por ejemplo, con el  dolmen de  Zafrón, en Salamanca, que ponemos en la imagen a continuación, del que apenas quedan algunos restos. 
Restos del  dolmen que se halla en Zafrón,  muy deteriorado como casi todos los que se encuentran en la provincia de Salamanca
Los dólmenes eran un monumento funerario donde se colocaban los restos, y más frecuentemente la cenizas de una o varias personas, hecho con piedras grandes hincadas en el suelo y una o más que cubrían el techo. Las piedras del monumento estaban tapadas con tierra o piedras más pequeñas formando un montículo.

Entre La Mata y Los Rastrojos, en la Peña, se encuentran desde tiempo inmemorial, junto al camino antiguo, un  número considerable de piedras, en forma de lanchas grandes de pizarra, que bien pudieran haber pertenecido a algún dolmen. Llaman la atención y no se ve  por los alrededores ninguna cantera de las que pudieran provenir, como si se hubieran traído allí de otra parte con una finalidad  especial.
Conjunto de piedras grandes de pizarra, lejos de la cantera de donde han sido extraídas, que podrían ser restos de algún dolmen

De la época  “romana”  quedan  pequeños vestigios de  una  posible “vía“ romana en el término de La Peña, denominado La Varga, a orillas del Picón. Desde hace muchos años está convertida en arroyo,  incorporada a una finca privada. Ahora está cubierta de tierra, zarzas y toda clase de maleza, de manera que apenas quedan señales de su existencia. Pero se sabe que debajo de esa maleza se encuentran trozos empedrados. Muchos podemos dar testimonio de ello, pues la hemos visto muchas veces durante muchos años.

Restos de esa misma “calzada” se encuentran, o encontraban, también en la otra parte del río, en el llamado Puente de la Herrera, y más arriba, hacia Masueco, en el antiguo camino  En el libro  del P. Moran, antes citado, en el mapa de la Provincia, en la página  119, se señala una vía  proveniente de Salamanca, que salía de la Vía de La Plata en la capital y pasaba por Ledesma, Brincones, La Peña, Masueco  y llegaba hasta Aldeadávila. Por el empedrado que se conservaba hasta finales del pasado siglo, bien pudo tratarse de una calzada romana.

Puente  romano en Ledesma sobre el arroyo Merdero, por donde pasaba un ramal de la calzada romana de La Vía de La Plata que pasaba por Brincones y La Peña, hasta Aldeadávila

Los lusitanos, al mando de Viriato,  natural de Torrefrades en la provincia de Zamora, cerca de Bermillo de Sayago, según la tradición,  allá por el año 131 a. C., tuvieron en jaque durante muchos años a las tropas romanas  dirigidas por el después emperador Galba y necesitaban vías de comunicación para trasladar las tropas  hacia el oeste de la Península,  para someter a los levantiscos  vaceos y vetones.

Los  restos de esa calzada se hallaban en el camino o antigua calzada de Salamanca,  muy transitado  hasta la segunda mitad del siglo pasado, para  intercambio de productos  entre  los pueblos vecinos de la Peña  con los pueblos de la “Ribera”,  que se hacía principalmente con caballerías, y para acudir a las ferias de ganado a Salamanca.

Por esos caminos, más tarde, como dice el P. César Morán,  “los señores de Ledesma ejercían su jurisdición sobre 200 pueblos, por ellos circulaban sus copiosos rebaños y por ellos recibían el homenaje y la renta de sus súbditos” ( O. C. pág. 119).

Tanto Ledesma como los pueblos de su territorio  vieron aumentar su población con nuevos colonos cuando  alcanzaron cierta recuperación económica a finales del siglo X. Por ello  Almanzor, en el año 977, temeroso del afianzamiento humano y económico de esta zona fronteriza,  dirigió sus huestes contra los núcleos de población más avanzados del Duero.

Ledesma y otras poblaciones fueron  asoladas y sometidas al pillaje, destruyendo cuanto de valor encontró a su paso. Con ello pretendía evitar el afianzamiento de los nuevos núcleos de población que iban surgiendo en   las cercanías del Tormes y del Duero e impedir el desarrollo de los que existían antes.

Es muy posible que Almanzor y sus tropas pasaran por el pueblo de La Peña en su camino hacia Aldeadávila, Hinojosa y   demás pueblos de las orillas del Duero, siguiendo la calzada que venía de Ledesma.

La Peña Gorda contemplaría atónita el paso del  formidable ejército de Almanzor, envuelto en nubes de polvo y entre el ruido de los tambores, con sed de destrucción y venganza, mientras los pocos habitantes de la zona huirían a refugiarse en el monte, como único medio de defensa.

Olivos  milenarios  en la La Grijuela,  testigos de los avatares y del quehacer de innumerables generaciones del pueblo

Por esta época pone la tradición el martirio de Santa Marina, natural de  Las Uces, otros dicen que de la Peña, de cuya belleza se prendó un jefecillo árabe  y que,  al verse rechazado, la persiguió hasta el término de Adeadávila, cerca del Duero, donde había un poblado, llamado La Verde, que desapareció en el siglo XIX.

Allí se conserva el monasterio de los franciscanos del siglo XIII, llamado de  Santa  Marina, donde muy probablemente se hospedó S. Francisco de Asís  cuando vino a España, hacia 1260,  a visitar a sus frailes y que probablemente pasó también por la calzada de La Peña en su camino hacia La Verde o de vuelta hacia Salamanca.

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